—No es suficiente.
—Te estoy ofreciendo una salida. Tu familia conserva su honor. Las deudas de tu padre pasan a ser mías. Tus hermanas quedan protegidas. Y tú… —bajó la voz— dejas de ser la mujer abandonada y te conviertes en la señora de la casa Castillo.
Era demasiado.
Pero la alternativa era la ruina total.
—¿Qué pasará después? —susurró ella.
—Terminamos la ceremonia. Te vienes conmigo a la hacienda. Tendrás tu espacio, tu libertad… y mi respeto. No te exigiré nada que no quieras dar.
No era amor.
Pero era más honesto que todo lo que Julián le había dicho.
Camila miró a su familia.
Su madre lloraba.
Su padre estaba devastado.
Sus hermanas temblaban.
Apretó el ramo marchito.
—Sí —dijo.
Alejandro no sonrió.
Nunca sonreía.
—Padre Ignacio —dijo—. Continuemos.
La ceremonia fue como un sueño febril.
Los votos escritos para otro hombre.
—En la salud y en la enfermedad…
—En la alegría y en la tristeza…
Alejandro deslizó un anillo de oro blanco con zafiro.
—Era de mi madre.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, él besó su frente.
No fue pasión.
Fue una promesa silenciosa.
Horas después, Camila Herrera dejó de existir.
Ahora era Camila Castillo.
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