Miré por la ventana.
Y por primera vez en años…
Sentí vergüenza.
No por lo que había hecho esa noche.
Sino por todo lo que había creído antes.
Al día siguiente, no pude concentrarme en nada.
Las reuniones.
Los contratos.
Las llamadas.
Todo parecía… vacío.
Porque había algo que no podía sacar de mi mente.
Diego.
Su voz.
Su forma de actuar.
Su respeto.
Su humanidad.
Algo tan simple…
Y tan raro.
Decidí volver al restaurante.
No como cliente anónima.
Sino como quien realmente era.
Cuando entré, el ambiente cambió.
Los gerentes me reconocieron de inmediato.
Susurraron.
Se apresuraron.
Pero yo no buscaba eso.
Lo busqué a él.
Y ahí estaba.
Con el mismo uniforme.
La misma postura.
La misma calma.
Cuando me vio…
Frunció ligeramente el ceño.
Como si intentara recordar.
Me acerqué.
—Hola, Diego.
—Buenos días… señorita —respondió con respeto—. ¿En qué puedo ayudarla?
No me reconocía.
O tal vez… no quería asumir.
—Anoche… me ayudaste.
Silencio.
Lo vi pensar.
Y entonces sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Está… bien?
Eso fue lo primero que preguntó.
No “¿quién eres?”
No “¿qué haces aquí?”
Solo eso.
¿Está bien?
Sonreí.
—Sí. Gracias a ti.
Hice una pausa.
Y luego dije:
Leave a Comment