EL CONDUCTOR DEL TAXI NO SABÍA QUE LA MUJER SENTADA EN SU AUTO NO ERA UNA MUJER COMÚN, SINO UNA CAPITANA DE ALTO RANGO DE LA POLICÍA DE LA CIUDAD.

EL CONDUCTOR DEL TAXI NO SABÍA QUE LA MUJER SENTADA EN SU AUTO NO ERA UNA MUJER COMÚN, SINO UNA CAPITANA DE ALTO RANGO DE LA POLICÍA DE LA CIUDAD.

Sacó su radio.

—Central, aquí Capitana Mariana López. Solicito una unidad de Asuntos Internos en la carretera federal 57, kilómetro 83. Tenemos un caso de corrupción policial en flagrancia.

El sargento comenzó a sudar.

—Capitana… podemos hablar de esto…

—No —respondió Mariana—. Ahora va a escucharme usted.

Se acercó a él.

—Usted juró proteger a la gente.

Su voz era baja, pero cada palabra tenía peso.

—Y en lugar de eso… decidió robarles.

Minutos después, dos patrullas llegaron con sirenas encendidas.

Los agentes de Asuntos Internos bajaron de los vehículos.

—Capitana.

—Oficiales —respondió Mariana.

Señaló al sargento Mendoza.

—Queda detenido por sospecha de corrupción, abuso de autoridad y extorsión.

Los oficiales esposaron al sargento.

El hombre parecía derrotado.

Mientras lo llevaban hacia la patrulla, murmuró:

—Solo estaba… haciendo lo que todos hacen…

Mariana lo miró con tristeza.

—Ese es exactamente el problema.

Las patrullas se marcharon.

La carretera volvió a quedar en silencio.

Luis todavía estaba sentado en el taxi, completamente atónito.

—Capitana… —dijo finalmente—. Usted me salvó hoy.

Mariana sonrió suavemente.

—No, señor.

Miró el volante del taxi.

—Usted se salvó solo… por decir la verdad.

Luis respiró con alivio.

—Si no hubiera estado usted aquí… me habría quitado todo el dinero del día.

Mariana volvió a sentarse en el asiento trasero.

—Bueno —dijo—. Creo que ahora sí podemos continuar el viaje.

Luis encendió el motor.

Mientras el taxi volvía a la carretera, preguntó:

—Capitana… ¿de verdad iba a una boda?

Mariana rió.

—Sí.

—¿La de quién?

—La de mi hermano menor.

Luis sonrió.

—Entonces su hermano debe estar muy orgulloso de usted.

Mariana miró por la ventana.

Las montañas de Jalisco se extendían en el horizonte.

—No sé si orgulloso —respondió—.

Luego sonrió ligeramente.

—Pero espero que hoy haya hecho algo que valga la pena.

El taxi continuó su camino bajo el sol de la tarde.

Y por primera vez en mucho tiempo, Luis condujo por esa carretera sin miedo.

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