El día comenzó igual que siempre, con el canto de los pájaros afuera y el ruido lejano del personal de limpieza moviéndose por la casa. La casa de los montes de oca era tan grande que uno podía pasar el día entero sin cruzarse con nadie. Y eso había sido así desde hace tiempo, pero esa mañana algo fue distinto. Tomás se despertó antes de que el despertador sonara, no por insomnio ni por estrés del trabajo.
Se despertó porque escuchó risas, risas suaves, no de esas que estallan como una carcajada, sino de las que son como burbujas pequeñas. Se levantó, se puso su bata de casa y bajó por las escaleras en silencio, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Al llegar al comedor se quedó parado en seco.
Leo estaba en la mesa con la cabeza agachada, concentrado en armar algo con pedacitos de fruta en su plato. Frente a él, Marina lo observaba con los brazos cruzados y una sonrisa que no necesitaba palabras. Tenía puesto un mandil amarillo, el cabello recogido y una mancha de harina en la mejilla. No lo habían escuchado llegar.
Leo levantó la vista y se dio cuenta de que su papá los estaba mirando. Por un segundo pareció dudar como si no supiera si debía seguir riendo o quedarse callado. Tomás se acercó con calma y le acarició el cabello. “¿Qué haces, campeón?”, preguntó sin alzar mucho la voz. “Estoy haciendo una carita feliz con las frutas”, contestó Leo sin mirarlo.
Marina le dijo que si los plátanos se pueden usar para la sonrisa y las fresas son las mejillas. A ver si se parece a ti. Tomás sonríó. Hacía cuánto que no escuchaba a su hijo hablar así, con esa naturalidad, con ese tono relajado, se sentó a su lado y observó el plato. Era un desastre, pero un desastre hermoso. Marina fue a la cocina y regresó con un plato para él también.
Huevos al gusto, pan tostado y café con canela. Se lo dejó enfrente sin hacer mucho ruido y luego se sentó del otro lado de la mesa. ¿Quiere azúcar o así está bien?, preguntó. Así está perfecto. Gracias. Tomás tomó el café y la miró unos segundos. Ella no lo evitó, pero tampoco le sostuvo la mirada mucho tiempo. Se concentró en ayudar a Leo a acomodar los arándanos como ojos. Cuando terminó, el niño empujó el plato hacia su papá.
Mira, es tu cara feo, ¿verdad? Tomás fingió estar ofendido y Leo soltó una risa corta, pero real. Marina se cubrió la boca con la mano para no reírse fuerte. Fue la primera vez que los tres compartieron un momento como ese, sin tensiones, sin ese silencio que parecía cubrir todo como una manta vieja.
Marina le ofreció más café a Tomás. Él aceptó. Mientras lo servía, le preguntó si quería que preparara algo especial para la cena. No sé, algo que le guste a Leo. Tomás lo miró y luego volvió la vista a ella. La verdad no tengo idea. Desde que murió su mamá casi no quiere probar nada. Come por obligación.
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No tiene antojos. Entonces, hay que cambiar eso,”, respondió Marina con una firmeza que no se notaba mucho en su tono, pero sí en sus ojos. “Le voy a preparar algo que le saque una sonrisa, ya verá.” Tomás solo asintió. No sabía por qué, pero le creía.
La mañana siguió con cosas pequeñas que normalmente pasarían desapercibidas, pero que en esa casa tenían un peso especial. Marina le puso una servilleta en el regazo a Leo sin preguntarle y él no se quejó. le limpió las manos con una toallita húmeda después de comer. Y él no retiró las manos como antes hacía con otras personas. Incluso se dejó poner gel antibacterial sin protestar.
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Tomás los observaba desde el otro lado de la mesa sin saber muy bien qué estaba sintiendo. No era celos, no era tristeza, tampoco era alivio, era una mezcla extraña, como si estuviera viendo a su hijo vivir algo que él no podía darle y al mismo tiempo se sintiera agradecido por eso. Marina recogió los platos con cuidado.
No hacía ruido al moverlos, como si supiera que en esa casa el silencio era más que una costumbre. Cuando se fue a la cocina, Tomás se quedó a solas con Leo. ¿Te cae bien, Marina?, le preguntó. Leo asintió sin hablar. ¿Por qué? Insistió Tomás. Porque no me trata como si me fuera a romper. Tomás sintió que algo dentro de él se movía.
No respondió, solo le revolvió el cabello y se levantó. Fue a su despacho a trabajar, pero no podía dejar de pensar en eso. Durante el día lo notó aún más. Marina no solo limpiaba o cocinaba, se tomaba el tiempo de hablar con Leo, de preguntarle cosas simples como si quería leche fría o caliente, si prefería dibujos en lápiz o colores, si le gustaban más los perros que los gatos. No lo hacía con un plan, sino con una naturalidad que desarmaba.
En la tarde, mientras bajaba a tomar agua, Tomás pasó por el pasillo y escuchó risas desde el cuarto de Leo. Se asomó sin ser visto. Marina estaba sentada en el suelo con un cuaderno grande en las piernas. Leo estaba a su lado dibujando algo con mucha concentración.
Ella le preguntaba qué era eso tan grande en medio del dibujo y él le dijo que era un robot que podía volar y caminar, aunque él no podía hacer ninguna de las dos cosas. Marina le contestó, “Entonces tú lo controlas desde tu silla. Él es tus piernas y tus alas.” Leo la miró con una mezcla de sorpresa y admiración. Tomás sintió un nudo en la garganta y se alejó sin decir nada. Esa noche la cena fue diferente.
Marina preparó arroz con pollo y un postre que su abuela le enseñó. Pan con leche y canela espolvoreado con azúcar. Leo comió todo sin protestar. Incluso pidió más del postre. Tomás lo miró sorprendido y Marina se encogió de hombros como si no fuera gran cosa, pero lo era, lo sabían los tres.
Después de cenar, Tomás se quedó solo en la sala con un vaso de vino en la mano. Marina estaba lavando los platos y Leo ya estaba en su cuarto viendo una película. Tomás la observó desde lejos con la cocina medio oscura, iluminada solo por la lámpara de encima.
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