Alejandro no dijo nada. No quería burlas. No quería exponer a Zoé. Solo miró a su madre, viva, sintiendo alivio… y rabia.
Esa misma tarde llamó a su jefe de seguridad y a un detective privado.
—Quiero saber quién entró al cuarto de mi madre estas últimas semanas —ordenó—. Cámaras. Registros. Todo. Y sin que nadie lo sepa. Nadie. Ni mis socios.
La investigación avanzó lentamente, como una herida que se abre. Había cámaras en la casa, pero no dentro del cuarto de Doña Margarita, por respeto. Sin embargo, sí había registros en los pasillos. Y ahí apareció la primera grieta.
En tres noches distintas, entre las dos y las tres de la madrugada, alguien entró al pasillo privado del ala donde dormía Doña Margarita. No era médico. No era enfermero.
Era Esteban Leal.
Su mano derecha. Director financiero. El hombre al que Alejandro había llamado “hermano” durante diez años.
En los videos se veía a Esteban caminando en silencio con una carpeta y un pequeño sobre en la mano. Tocaba la puerta, entraba… y salía minutos después.
Cuando Alejandro lo vio, sintió que el mundo se volteaba.
—No… —susurró—. Esteban no…
Pero las pruebas eran frías. El detective encontró pagos sospechosos desde una cuenta secundaria de Esteban hacia una mujer en Veracruz conocida como Doña Berenice. Curandera. Bruja. Como se le quisiera llamar.
Y lo peor: un correo borrado, recuperado por el equipo técnico de Alejandro. Una sola frase:
“Cuando la mujer ya no esté, firmará lo que sea.”
Alejandro no gritó. No explotó. Su sangre se volvió hielo.
Esa noche pidió una cena familiar tranquila. Como si nada hubiera pasado. Doña Margarita se sentía mejor. Zoé, desde la cocina, preparaba té y pan dulce. Nadie sospechaba nada.
Esteban llegó impecable, sonriente, con falsa preocupación.
—Jefe… Doña Margarita, qué gusto verla mejor. Nos tenía muy preocupados.
Doña Margarita lo miró. Algo cambió en su rostro, como un recuerdo atrapado.
—Tu perfume… —susurró de pronto, tocándose la sien—. Ese perfume…
Esteban se quedó rígido.
Alejandro se puso de pie lentamente.
—Esteban —dijo con una voz que no parecía la suya—. ¿Qué hiciste?
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