Doña Carmen miró a Fernanda como si acabara de ver una grieta en una estatua.
—Fernanda —dijo Alejandro lentamente—, hace veintidós semanas yo estaba en Monterrey por trabajo. Dos semanas completas.
Fernanda intentó reír.
—Los doctores se equivocan. Siempre se equivocan.
—No con seis semanas de diferencia —dijo el doctor.
Alejandro dio un paso atrás.
—¿De quién es ese bebé?
Fernanda abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Entonces la puerta del consultorio se abrió.
Un hombre entró sin tocar.
Era alto, moreno, con traje caro y una expresión de furia contenida.
Doña Carmen lo reconoció primero.
—¿Ramiro?
Alejandro giró la cabeza.
Ramiro Méndez.
Su socio.
Su mejor amigo.
El padrino de Mateo.
El hombre que había estado sentado en su mesa cada Navidad.
Fernanda empezó a llorar.
Ramiro miró a Alejandro.
—Lo siento, hermano.
Alejandro se lanzó contra él.
Los enfermeros tuvieron que separarlos.
—¡Me traicionaste! —gritó Alejandro—. ¡En mi casa! ¡Con mi mujer!
Ramiro soltó una risa amarga.
—¿Tu mujer? Alejandro, tú todavía estabas casado con Mariana.
La frase cayó como una bofetada.
Doña Carmen se llevó una mano al pecho.
Patricia, temblando, bajó el celular.
Pero el golpe final aún no había llegado.
El doctor Herrera carraspeó.
—Hay otra cosa.
Todos lo miraron.
—El análisis prenatal que solicitaron incluye un estudio genético básico. El feto presenta un marcador hereditario poco común.
Ramiro se quedó inmóvil.
—¿Qué marcador?
El doctor revisó el documento.
—Uno asociado a la familia Méndez.
Fernanda cerró los ojos.
Alejandro comprendió.
—Entonces sí es de Ramiro.
El doctor negó con cuidado.
—No necesariamente de él.
La habitación quedó muda.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El doctor miró a Fernanda.
—El marcador también coincide con otra persona registrada como familiar directo del señor Méndez.
Alejandro se volvió hacia Ramiro.
—¿Quién?
Ramiro no respondió.
Fernanda se quebró.
—Fue una vez… solo una vez…
—¿Con quién? —rugió Alejandro.
La puerta volvió a abrirse.
Y esta vez entró el padre de Alejandro.
Don Ernesto Cárdenas.
El mismo hombre que durante años había llamado a Mariana “una mujer sin clase”.
El mismo hombre que había financiado el divorcio.
El mismo hombre que había llevado flores azules a la clínica para celebrar “al heredero”.
Fernanda se cubrió la cara.
Doña Carmen soltó un grito.
Alejandro miró a su padre como si el mundo acabara de partirse en dos.
—No —susurró—. No puede ser.
Don Ernesto no negó nada.
Solo bajó la mirada.
—Alejandro…
—¡Cállate!
El heredero que Alejandro había presumido no era suyo.
Ni siquiera era de su mejor amigo.
Era de su propio padre.
Mientras tanto, en el aeropuerto, yo miraba la pantalla de salidas con mis hijos dormidos a mi lado.
El licenciado Esteban se sentó frente a mí.
—Ya pasó —dijo.
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