Guardó los papeles y se dirigió a la salida. Antes de irse, añadió con serenidad:
—«Élise está bien. Dio a luz a una hermosa niña, completamente sana. Y no te preocupes… ya tiene un padre a su lado. Pero no eres tú. Desde hoy, mi hija y mi nieta no necesitan a un hombre incapaz de asumir las consecuencias de sus actos.»
La puerta se cerró, dejando a Marc desplomado en una silla. El llanto de un recién nacido resonó en el pasillo; hacía apenas unas horas lo habría considerado un milagro. Ahora, solo escuchaba un cruel recordatorio de su propia caída.
Semanas después, la clínica le notificó una factura que superaba los 12,000 euros. Chloé había desaparecido, dejándole todos los gastos a su nombre. El apartamento que había comprado fue embargado. Perdió sus ahorros. Y también su orgullo.
En Annecy, Élise recuperaba poco a poco sus fuerzas. El sol del atardecer se reflejaba en el lago turquesa mientras Madame Fontaine la observaba mecer a su bebé en la terraza.
—«¿Ves, hija mía? La vida siempre pone a cada quien en su lugar. Tú tienes amor. Él… solo se quedó con sus errores.»
Élise besó la frente de su hija, una sonrisa dulce iluminó su rostro. El aire tibio descendía de las montañas, moviendo suavemente las hojas del manzano en el jardín.
Y por primera vez en mucho tiempo, Élise respiró en paz.
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