El hambre era la compañera constante de Diego. Mientras Elena servía platos colmados de carne y verduras para ella, y preparaba purés especiales llenos de vitaminas para el bebé, a Diego le tocaban las sobras frías de días anteriores. A veces, ni eso. “Hoy no hay cena para los niños malos”, sentenciaba ella con una frialdad que helaba la sangre, mandándolo a su catre con el estómago rugiendo de dolor, un sonido que él trataba de silenciar apretando la almohada contra su vientre.
Sin embargo, en medio de esa oscuridad opresiva, Diego tenía dos luces que le impedían rendirse. La primera era Mateo, su hermanito. Lejos de sentir celos por el bebé que recibía todo el cariño y la comida que a él le negaban, Diego lo amaba con una devoción absoluta, casi sagrada. Cuando el bebé lloraba en la madrugada y la madrastra tardaba en despertar, Diego corría descalzo a mecer la cuna.
—No llores, Mati… shhh, no llores —susurraba, acariciando la cabecita del bebé con sus manos sucias y temblorosas—. Yo estoy aquí. Tu hermano mayor te cuida. Nadie te va a hacer daño mientras yo esté aquí.
La segunda luz era Canela. Canela era un perro mestizo, grande y de pelaje negro como la noche, con el hocico ya pintado de gris por los años. Había sido el perro de la madre de Diego. Desde que ella murió, el animal se había convertido en la sombra del niño. Dormía hecho un ovillo a los pies de su cama y lo seguía con la mirada por toda la casa, emitiendo gemidos bajos y guturales cada vez que veía a Elena levantar la voz o la mano. Canela era viejo, lento y conocido en todo el pueblo por su carácter noble y tranquilo. Jamás había mordido a nadie. Jamás había ladrado con furia. Era la viva imagen de la paciencia.
Hasta ese fatídico domingo al mediodía.
El calor era insoportable, el aire pesaba como plomo. Roberto, inusualmente, estaba en casa descansando debido a una festividad local. Estaba sentado en el porche, limpiando sus herramientas de labranza, mientras Elena daba el pecho al bebé en la sombra, abanicándose con desgana. Diego caminaba por el patio, arrastrando los pies, con una camisa vieja de botones que le quedaba tres tallas más grande, herencia de algún primo lejano que ya no la quería. La tela colgaba de su cuerpo esquelético como una cortina sobre un alambre.
El ambiente estaba cargado de una electricidad extraña. De repente, Canela, que dormitaba bajo el viejo árbol de mango, se levantó de un salto, como impulsado por un resorte invisible. El pelo del lomo se le erizó completamente. Sus ojos, normalmente dulces y cansados, se clavaron en Diego con una intensidad aterradora.
El niño se detuvo en seco, confundido y asustado. —¿Canela? ¿Qué pasa, chico? —preguntó con voz temblorosa.
El perro no movió la cola. En su lugar, soltó un gruñido profundo, una advertencia primitiva que hizo que los pájaros dejaran de cantar. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el animal se lanzó hacia el niño. No fue un juego. Fue un ataque directo.
—¡Papá! —gritó Diego, retrocediendo aterrorizado, tropezando con sus propios pies.
Canela ladraba con una desesperación ensordecedora, lanzando mordiscos al aire, saltando sobre el pecho del niño, tirando frenéticamente de la tela de esa camisa enorme.
—¡Quita a ese animal! —gritó Elena, levantándose de golpe y protegiendo al bebé contra su pecho—. ¡Se ha vuelto loco! ¡Tiene la rabia! ¡Va a matar al niño!
Roberto soltó las herramientas, el ruido del metal contra el suelo resonó como una campana de alarma. Corrió hacia ellos, con el corazón latiéndole en la garganta…
…Corrió hacia ellos, con el corazón latiéndole en la garganta. Con una fuerza desesperada, Roberto agarró a Canela del collar y lo arrancó de encima de Diego. El viejo perro no se defendió. No intentó morderlo. Solo siguió gruñendo, con los ojos fijos en el pecho del niño, como si allí estuviera el verdadero enemigo.
—¡Canela, basta! ¡¿Qué te pasa?! —rugió Roberto, empujándolo hacia atrás.
Diego cayó al suelo, llorando, encogido sobre sí mismo. Elena aprovechó el caos.
—¿Lo ves? —gritó histérica—. ¡Te dije que ese perro era peligroso! ¡Siempre mirándolo raro, siempre siguiéndolo! ¡Hay que sacrificarlo antes de que mate a alguno de los dos niños!
Canela, jadeando, volvió a lanzarse hacia Diego, pero no a su cara, no a sus brazos. Sus dientes se aferraron una vez más a la camisa. Tiró con todo lo que le quedaba de fuerza. La tela vieja se rasgó con un sonido seco.
Y entonces, todo se detuvo.
El llanto de Diego se apagó en un sollozo mudo.
Elena dejó de gritar.
El viento mismo pareció contener la respiración.
La camisa rota cayó al suelo.
Roberto se quedó inmóvil. Sus rodillas comenzaron a temblar.
El pecho, los hombros y la espalda del niño estaban cubiertos de marcas.
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