Sentí como si me hubieran detonado una bomba en el pecho. Mi esposa —la reina de mi vida, la madre de mi hijo— estaba siendo convencida por una empleada infernal de que era sucia, loca y una carga. Mireya había aprovechado la vulnerabilidad de Valeria y mi ausencia para destruirle la mente poco a poco.
No pude contenerme. Mi voz retumbó por toda la casa cuando grité:
—¡¿QUÉ LE ESTÁS HACIENDO A MI ESPOSA?!
Mireya dio un salto del susto. Se le cayó el plato de fruta. Cuando me vio de pie en el pasillo, temblando de rabia y con los puños cerrados, se le borró el color del rostro.
—¡S-señor Alejandro! N-no sabía que ya había llegado… l-lo que pasa es que la señora Valeria se volvió loca de repente, ella misma se aventó el agua sucia…
—¡CÁLLATE, MALDITA! —rugí.
Caminé directo hacia ella y de una patada lancé la mesita que tenía enfrente, haciendo añicos el cristal.
—¡Lo escuché todo! ¡Lo vi todo! ¿Le hiciste creer a mi esposa que yo la desprecio?
Corrí hacia Valeria. La levanté enseguida del piso helado. Todo su cuerpo temblaba y evitaba mirarme.
—A-Alejandro… perdón… estoy sucia… no quiero ensuciarte a ti también… —susurró llorando, tratando de esconder sus brazos enrojecidos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. La abracé con toda mi fuerza, sin importarme que el agua sucia empapara también mi traje caro.
—No estás sucia, Valeria. No estás sucia. Eres hermosa. Te amo con toda mi alma y jamás sentiría asco por ti. Perdóname por haberte dejado sola con este monstruo.
La justicia
Me giré hacia Mireya sin soltar a Valeria, que seguía llorando en mis brazos. Mireya ya estaba temblando y cayó de rodillas.
—Señor, por favor… solo era una broma… yo no quería…
—No quiero oír una sola palabra más —le dije con una voz helada.
Saqué mi teléfono celular y marqué.
—Buenas tardes, ¿policía? Quiero denunciar abuso grave, tortura psicológica y maltrato contra mi esposa embarazada. La responsable está en mi casa en este momento.
Mireya soltó un grito histérico.
—¡Señor Alejandro, no me mande a la cárcel! ¡Tengo familia!
—Debiste pensar en eso antes de torturar a la mía —le respondí.
La saqué de la casa y la dejé fuera del portón mientras esperábamos a la policía.
Después regresé con Valeria. La cargué en brazos hasta el baño. Yo mismo la bañé con agua tibia. Con el mayor cuidado, fui limpiando su piel y besando cada raspón y cada marca roja que ella misma se había hecho bajo la manipulación cruel de esa mujer.
Mientras la secaba con una toalla, me miró con los ojos todavía llenos de miedo.
—¿De verdad no me vas a dejar, Alejandro?
Le besé la frente y luego su vientre.
—Nunca. Jamás. Si es necesario, mañana mismo renuncio a mi puesto, o trabajo desde casa. Pero no vuelvo a apartarme de ti ni de nuestro hijo.
Ese día entendí que el dinero y el éxito profesional no valen absolutamente nada si no eres capaz de proteger a las personas por las que luchas. El hogar debe ser el lugar más seguro para tu familia, y como esposo, era mi responsabilidad asegurarme de que ningún demonio volviera a entrar en él.
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