Sobre la mesa estaba la tarjeta platinum nueva que el banco me había enviado semanas atrás.
La miré un momento.
Luego tomé unas tijeras y la corté en dos.
No porque tuviera miedo de que alguien volviera a robármela.
Sino porque ya no necesitaba ningún símbolo de poder para recordar quién era.
Sonreí.
Esta vez, no con ironía.
No con rabia.
Sino con paz.
Y mientras las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, comprendí que aquella mujer a la que un día quisieron echar de “su propia casa” había terminado construyendo un hogar mucho más grande:
uno donde ninguna mujer tendría que reír para ocultar que estaba rota.
Leave a Comment