—Dime que esto es una broma —le exigí.
Ella soltó una risita seca.
—No seas ridícula, Renata. Tú nunca pudiste darle un hijo a Alejandro. Camila sí. Ya está embarazada. Esa muchacha sí sabe cuidar a un hombre. No como tú, siempre obsesionada con el dinero y el trabajo.
Sentí que la sangre se me helaba.
Quise llorar.
Quise gritar.
Quise estrellar el teléfono contra la pared.
Pero en lugar de eso apareció algo mucho más peligroso.
Calma.
Porque Ofelia había cometido el error de subestimarme.
Todos lo habían hecho.
Creían que yo era la esposa obediente que seguiría financiándoles la vida porque tenía miedo de quedarse sola.
Lo que olvidaron era muy simple:
La mansión estaba a mi nombre.
Las camionetas estaban a mi nombre.
Las inversiones importantes estaban a mi nombre.
Las cuentas principales se alimentaban con mi dinero.
Sí, Alejandro vivía como rey.
Pero era un reino construido con mis ingresos y protegido por mi firma.
Esa noche no regresé a casa.
Me hospedé en una suite sobre Paseo de la Reforma y llamé a mi abogada, Verónica Salgado.
—Necesito que te muevas esta misma noche —le dije.
—¿Qué pasó?
—Mi esposo se casó con su amante mientras yo estaba trabajando.
Hubo un silencio.
Luego escuché cómo abría una libreta.
—Dime qué quieres hacer.
Miré las luces de la ciudad desde la ventana del hotel.
Mis manos ya no temblaban.
—Quiero que vendas la casa. Inmediatamente. No me importa si hay que bajar el precio. Quiero el dinero transferido a una cuenta personal antes de que ese hombre vuelva a poner un pie ahí. Congela todas las cuentas mancomunadas. Cancela todas las tarjetas. Todas, sin excepción.
Verónica no perdió el tiempo con preguntas inútiles.
—Lo tendrás —me respondió.
Tres días después, Alejandro regresó de su “luna de miel” con Camila.
Venían quemados por el sol, cansados y furiosos.
Más tarde me enteré de que sus tarjetas habían sido rechazadas en el aeropuerto, en el hotel e incluso en el restaurante donde intentaron comer antes de volver a la casa.
Pero aun así llegaron a la mansión con la seguridad de quienes creen que siempre habrá alguien dispuesto a arreglarles la vida.
Alejandro bajó del taxi, tomó a Camila del brazo y caminó hasta el portón.
Metió la llave.
Nada.
Lo intentó otra vez.
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