Así que bajé la cabeza y obedecí.
Me puse aquel uniforme de mesera. Recogí mi cabello. Me subí a la camioneta del catering y viajé en silencio hacia el resort, mirando por la ventana el paisaje mientras intentaba tragarme el nudo de la garganta.
No sabía que ese día no solo iba a descubrir una traición.
También iba a descubrir quién era yo realmente.
La boda del traidor
El lugar parecía sacado de una revista de lujo.
Era un enorme jardín de cristal frente al lago, decorado con miles de flores blancas, candelabros dorados, mesas cubiertas con manteles finísimos y copas que brillaban como joyas bajo la luz de la tarde. Los invitados vestían trajes carísimos, vestidos de diseñador y relojes que probablemente costaban más que todo lo que yo había tenido en mi vida.
A mí me entregaron una charola llena de copas de champaña.
—Tú vas a servir en la mesa principal —me indicó el encargado del catering—. Mucho cuidado. Ahí están los novios y sus familias.
Sentí un mal presentimiento.
Caminé lentamente entre los invitados. Mis zapatos negros resonaban sobre el piso de mármol. La música de la orquesta era suave, elegante, casi perfecta.
Entonces llegué a la mesa central.
Y mi mundo se partió en dos.
El novio, vestido con un esmoquin blanco carísimo, sonriendo mientras recibía felicitaciones, era Alejandro.
Mi esposo.
Mi propio esposo.
Por un instante dejé de respirar.
A su lado estaba Valeria Santillán, una joven heredera, famosa por aparecer en revistas de sociedad, cubierta de diamantes y con un vestido de novia que parecía hecho para una princesa.
Y junto a ellos, sentada con una sonrisa de triunfo, estaba Doña Beatriz.
Todo encajó de golpe.
Los viajes de negocios.
Las ausencias.
El desprecio.
El uniforme.
La amenaza.
No me habían mandado ahí por necesidad.
Me habían llevado para humillarme.
Querían que yo sirviera vino en la boda de mi propio esposo con otra mujer.
Mis manos comenzaron a temblar. Las copas tintinearon sobre la charola. Sentí que las lágrimas se me escapaban sin poder detenerlas.
Intenté retroceder, pero Doña Beatriz me vio.
Se levantó de inmediato, caminó hacia mí y me tomó del brazo con tanta fuerza que me clavó las uñas.
—¿Qué haces parada ahí, muerta de hambre? —me susurró con rabia—. Sirve la champaña.
—Doña Beatriz… —murmuré con la voz rota—. Alejandro es mi esposo.
Ella sonrió sin piedad.
—Era tu esposo. Tú nunca fuiste suficiente para él. Mira a Valeria. Ella sí tiene clase, fortuna y apellido. Tú solo sirves para cargar charolas.
—Esto es una traición…
—Esto es lo que mereces por haber soñado demasiado alto —escupió—. Y escucha bien: si abres la boca, esta noche duermes en una celda. Diré que robaste joyas de la novia.
Me empujó hacia la mesa.
El miedo me paralizó.
Me acerqué con la charola. Cuando le ofrecí una copa a Alejandro, él levantó la vista.
Me reconoció.
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