—¿De verdad vas a empezar con esto desde ahorita? —soltó con fastidio—. Es domingo en la mañana. ¿No puedes dejar que esta familia tenga un día en paz?
Valeria sintió cómo se le cerraba la garganta.
Esa sensación conocida.
Asfixiante.
La de ser la única adulta funcional en una casa llena de personas que vivían de su dinero… y todavía le llamaban amor a eso.
—Solo estoy pidiendo respeto básico —dijo—. Si llego tarde, me descuentan.
Estela se giró tan rápido que la espátula golpeó la estufa.
—¿Respeto? —repitió, con los ojos encendidos—. Vives bajo mi techo sin pagar ni un peso de renta. Comes de mi comida. Usas mi luz. Lo mínimo que puedes hacer es prestarle el coche a tu hermano cuando lo necesita.
La cocina quedó en silencio.
Se escuchó el zumbido del refrigerador.
El clic de la cafetera.
Y Valeria se quedó inmóvil, mirando a su madre como si no hubiera entendido bien.
—¿Sin pagar renta? —repitió apenas, en un susurro.
Su madre cruzó los brazos.
Por un segundo, Valeria hasta soltó una risa.
No porque algo tuviera gracia.
Sino porque el descaro era tan absurdo que casi parecía una broma.
—Yo he estado pagando la hipoteca de esta casa desde hace cuatro años —dijo al fin, con la voz baja, pero temblando—. Desde que papá dejó de trabajar, yo pago la luz, el agua, el internet, el predial… y también la tarjeta de crédito. La misma tarjeta que Brayan usa para comprarse tenis y pagar cuentas en los bares.
Su padre golpeó la mesa con tanta fuerza que los cubiertos se estremecieron.
—No nos eches en cara tus obligaciones —rugió—. Pagas porque vives aquí. Y si no te gusta, ahí está la puerta.
Y como si el universo quisiera volverlo todo todavía más humillante, en ese momento apareció Brayan en la cocina.
Venía medio dormido, con el cabello desordenado, pantalón de pijama y esa sonrisa sobradora de alguien que jamás ha tenido que enfrentar consecuencias. Agarró una quesadilla del plato que su madre le había preparado, le dio una mordida y miró a Valeria con burla.
—Relájate, dramática —dijo con una carcajada floja—. Al rato te devuelvo el coche. No te vas a morir por pedir un Uber un día.
Esa sonrisa fue lo que la quebró.
Esa maldita sonrisita.
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