El aire se volvió pesado.
El ruido del avión desapareció.
Y durante ese breve pero eterno segundo, todo el pasado que ambos habían intentado olvidar regresó con una fuerza devastadora.
Alejandro no pudo apartar la mirada.
Valeria bajó los ojos casi de inmediato, como si aquel cruce hubiera abierto una herida que llevaba años intentando mantener cerrada. Uno de los niños, el más inquieto de los tres, tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá, ¿quieres agua?
La voz del pequeño hizo que Alejandro sintiera un escalofrío. No era solo el rostro. No era solo la expresión. Era también la manera de hablar, la serenidad que contrastaba con la curiosidad viva en sus ojos. Era una mezcla imposible de ignorar.
Valeria sonrió con ternura.
—Sí, mi amor. Gracias.
El niño se levantó con dificultad de su asiento, pero antes de que pudiera dar un paso, Alejandro ya estaba de pie.
—Yo se la traigo —dijo, casi sin pensar.
Valeria lo miró como si quisiera detenerlo. Como si supiera que cada palabra, cada gesto, cada segundo que él permaneciera cerca iba a derrumbar el muro que tanto le había costado construir.
—No hace falta —respondió ella en voz baja.
Pero el niño ya estaba mirando a Alejandro con una confianza extraña, natural.
—Gracias, señor.
Señor.
Aquella palabra le cayó como una piedra en el pecho.
Alejandro caminó hasta la sobrecargo, pidió una botella de agua y volvió con la mano ligeramente temblorosa, cosa que no le pasaba desde sus primeros años como empresario. El pequeño la recibió con una sonrisa luminosa.
—Gracias.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Alejandro, incapaz de contenerse.
El niño lo miró con esa franqueza limpia que solo tienen los niños.
—Mateo.
El segundo levantó la cabeza desde su asiento junto a la ventanilla.
—Yo soy Emiliano.
Y el tercero, más serio, con una expresión observadora que le recordó brutalmente a sí mismo frente al espejo, añadió:
—Y yo soy Santiago.
Alejandro sintió que el nombre de cada uno se le iba grabando en el alma.
Mateo. Emiliano. Santiago.
Trillizos.
Valeria cerró los ojos un instante. Ya no había forma de evitar lo inevitable.
—Alejandro… por favor —murmuró.
Pero él ya no podía detenerse.
—¿Cuántos años tienen?
Esta vez respondió Santiago:
—Seis. Vamos a cumplir siete en agosto.
Alejandro hizo el cálculo en menos de un segundo.
Seis años.
Casi siete.
El aire le faltó de repente.
Porque siete años atrás, poco antes de que Valeria desapareciera de su vida, ambos habían pasado juntos aquella última noche en Valle de Bravo. La noche en la que, por primera vez, él había hablado seriamente de dejarlo todo por ella. La noche en la que ella lloró en silencio mientras él dormía, sin que él lo supiera. La noche después de la cual ella simplemente… se fue.
Sin explicaciones suficientes.
Sin despedidas verdaderas.
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