en lo civil.
Si reaccionaba con violencia o amenazas, el expediente escalaría.
Ahora, con Teresa gritando al otro lado de la puerta, Lucía supo que la decisión había sido correcta.
El elevador se abrió en el pasillo.
Dos guardias de seguridad aparecieron al fondo.
Al mismo tiempo, la vecina del departamento de enfrente abrió con cautela y asomó medio cuerpo, todavía en pijama.
Teresa se giró hacia ellos, indignada, maquillada a medias, vestida con un conjunto deportivo de marca que seguramente todavía no terminaba de pagar.
—¡Qué bueno que subieron! —dijo, señalando la puerta de Lucía—.
Esta mujer me robó.
Me canceló mi tarjeta.
Me quiere dejar como mendiga.
Lucía abrió por fin, pero solo hasta dejar puesta la cadena de seguridad.
Teresa la miró con un desprecio viejo y perfectamente ensayado.
—Mira nada más —escupió—.
La empresaria.
¿Disfrutaste hacerme pasar vergüenza delante de todo Antara?
Lucía sostuvo el teléfono a la altura del pecho, grabando.
Tenía el cabello recogido de cualquier manera y la cara limpia.
Nunca se había sentido menos interesada en impresionar a esa mujer.
—No te robé nada, Teresa —respondió—.
Cancelé una tarjeta empresarial que estaba a nombre de mi empresa.
El divorcio ya salió.
Se acabó.
—Esa tarjeta la usaba yo desde hace años.
—Exactamente.
—Pues entonces era mía.
La seguridad intercambió una mirada breve.
Lucía casi sintió ganas de reír.
Escucharlo en voz alta volvía el absurdo más nítido.
Teresa no entendía la diferencia entre costumbre y derecho.
Nunca la había entendido.
—No —dijo Lucía—.
Era una extensión de una cuenta que pagaba yo.
Y ya no la voy a pagar.
Teresa dio un paso al frente, tensando la cadena.
—Después de todo lo que mi hijo te dio, ¿así le pagas a esta familia?
Esa frase todavía estaba flotando en el aire cuando el elevador volvió a abrirse.
Gabriel salió casi corriendo al pasillo.
Traía la misma arrogancia de siempre, pero esta vez estaba mal peinada, ojerosa y resentida.
Se había puesto unos jeans, una camisa arrugada y una expresión de hombre ofendido por no poder seguir administrando el dinero ajeno.
En cuanto vio a los guardias, quiso adoptar el tono razonable que usaba cuando necesitaba manipular una situación.
—Lucía, ya estuvo bien —dijo—.
Esto es entre nosotros.
No hagas teatro.
—No hay ningún nosotros —contestó ella—.
Y tú tampoco vives aquí.
Gabriel avanzó hasta la puerta.
Uno de los guardias le puso la mano enfrente.
—Señor, mantenga distancia.
Él respiró hondo, como si estuviera haciendo un esfuerzo heroico por no explotar.
—Solo quiero hablar con mi exesposa.
—Habla desde ahí —dijo Lucía.
Gabriel la miró con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad vas a rebajarte a esto? Mi mamá pasó una humillación horrible por tu capricho.
La exhibieron como si fuera una delincuente.
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