—Más te vale empezar a empacar, Clara, porque mañana por la tarde esta casa ya será nuestra.
Rebeca Salgado lo dijo desde el otro lado de los rosales blancos de mi padre, bajo el sol descarado y casi ofensivo de una mañana en San Miguel de Allende, Guanajuato, como si estuviera anunciando un brunch y no intentando echarme de la casa donde me crié.
No levanté la vista enseguida.
Seguí podando.
Mi padre me había enseñado a podar rosas cuando yo tenía diez años y era demasiado impaciente para sostener bien unas tijeras de jardín. Solía ponerse detrás de mí, cubrir mis manos con las suyas y decirme:
—Corte limpio, hija. Nunca lastimes algo vivo solo porque estás enojada.
Así que hice un último corte con cuidado, dejé caer la rama seca en la canasta a mis pies y solo entonces me enderecé para mirarla.
—Buenos días, Rebeca.
Sonrió como sonríen algunas mujeres cuando creen que el encanto puede hacer el trabajo de la moral. Sus lentes de sol descansaban sobre la cabeza como si fueran una corona; su vestido de lino blanco seguramente costaba más que mi primer coche, y sus tacones se veían ridículos sobre el sendero de ladrillo que mi padre había colocado con sus propias manos el verano en que cumplí catorce años.
Los rosales blancos detrás de ella estaban en plena floración, abiertos y luminosos sobre la tierra oscura.
Mi padre los plantó el día en que me casé.
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