Nada.
Ningún Sam.
Cuando entré de nuevo a la habitación, el silencio me golpeó primero.
Solo mis hijas.
Riley.
Y una nota doblada.
Mi nombre escrito en ella.
La abrí.
Solo con fines ilustrativos
“Lo siento, Erica.
No puedo hacer esto. No puedo con los bebés. Sé que los queríamos tanto, pero creo que yo me dejé llevar por tu emoción, no por la mía.
No puedo con esta vida.
No me busques.
Tú y las niñas estarán mejor sin mí.
— Sam.”
La leí una vez.
Luego otra.
Porque mi mente se negaba a aceptar que eso fuera real.
“¿Erica?” La voz de Riley era suave, cuidadosa. “¿Estás bien?”
La miré, pero era como mirar a través de un cristal. “¿Dónde está Sam?”
Ella se movió con incomodidad. “Una enfermera vino por él después de que tú saliste. Dijo que había papeles en la recepción.”
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
“¿Dijo algo?”
Negó con la cabeza. “No a mí. Pero les besó la frente a las niñas. Se quedó mirándolas un momento.” Su voz se quebró un poco. “Le pregunté si quería que te llamara. Dijo que no. Que era mejor dejarte comer primero.”
Que te deje comer primero.
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