La pregunta me tomó por sorpresa.
No era la primera vez que un paciente hablaba de Dios.
Pero nunca así.
Nunca con esa calma.
Nunca con esa certeza.
—
—Eh… —dudé—. Supongo que sí.
—
Carlo sonrió.
—
—“Supongo” no es lo mismo que “sé” —dijo suavemente.
—
No supe qué responder.
—
Durante los días siguientes, su condición empeoró rápidamente.
Los valores bajaban.
El cuerpo cedía.
La enfermedad avanzaba con una velocidad que, incluso para mí, resultaba brutal.
—
Pero Carlo…
no cambiaba.
—
Mientras otros pacientes en su estado se llenaban de miedo, de ansiedad, de dolor emocional…
él hablaba.
—
Con sus padres.
Con las enfermeras.
Conmigo.
—
—El sufrimiento es una oportunidad —me dijo una tarde—. No para buscarlo… sino para ofrecerlo.
—
Fruncí el ceño.
—
—¿Ofrecerlo a quién?
—
—A Dios.
—
Lo dijo como si fuera obvio.
—
—¿Y para qué serviría eso?
—
Carlo me miró con esa misma luz en los ojos.
—
—Para transformar el dolor en algo que no se pierde.
—
—
Yo había estudiado medicina.
Había pasado años viendo cómo el dolor destruía.
No cómo transformaba.
—
Pero ahí estaba él…
haciendo exactamente eso.
—
—
Una noche, su estado empeoró drásticamente.
—
Los monitores comenzaron a mostrar inestabilidad.
La presión bajaba.
El pulso se volvía irregular.
—
Llamamos a sus padres.
—
Entraron a la habitación.
No gritando.
No desesperados.
—
Rezando.
—
Yo estaba ahí.
Observando.
Intentando mantener el control clínico.
—
Pero algo…
algo no encajaba.
—
El ambiente en la habitación cambió.
—
No era sugestión.
No era emoción.
—
Era… real.
—
El aire se sentía distinto.
—
Más denso.
—
Pero no pesado.
—
Profundo.
—
Como si el tiempo se hubiera detenido.
—
Carlo abrió los ojos.
—
Y miró hacia un punto en la habitación…
donde no había nadie.
—
Su rostro cambió.
—
No de dolor.
—
De… reconocimiento.
—
—Ya están aquí —susurró.
—
Sentí un escalofrío recorrerme entero.
Leave a Comment