La petición llegó hasta el director de la prisión, un hombre de 60 años llamado Coronel Méndez, que había visto pasar cientos de condenados por ese pasillo.
Algo en el expediente de Ramiro siempre le había causado ruido.
Las pruebas eran sólidas, huellas en el arma, ropa manchada, un testigo que lo vio salir de la casa esa noche.
Pero los ojos de Ramiro no eran los ojos de un culpable.
Méndez había aprendido a reconocer esa mirada en 30 años de carrera.
“Que traigan a la niña,”, ordenó.
Tr horas después, una camioneta blanca se estacionó frente a la prisión.
De ella bajó una trabajadora social, sosteniendo la mano de una niña rubia, con ojos grandes y …..
Leave a Comment