Daniel – de algún modo – sobrevivió. Tenía el cuerpo maltrecho, las costillas rotas, los pulmones magullados, la columna agrietada, pero vivió. Pasó dos semanas en la unidad de cuidados intensivos (UCI), medio inconsciente y conectado a máquinas.
La primera vez que abrió los ojos, no preguntó por mí ni por lo que había pasado. Sólo susurró: “¿Lily?”, y luego se desmoronó tan violentamente que rompió algo en mí que no se ha sanado desde entonces.
Daniel, de algún modo, sobrevivió.
Daniel volvió a casa hace unos días, todavía cojeando, magullado, cosido, envuelto en vendas y sin apenas hablar. Se movía como si esperara que alguien lo llevara de nuevo al hospital y acabara el trabajo.
Mi esposo seguía culpándose por haber tomado aquella carretera, por no haber visto el camión lo bastante pronto y por ser él quien había salido con vida.
Sinceramente, la casa ya no se sentía como un hogar. Es una cáscara de lo que solía ser y casi siempre está en silencio.
Sinceramente, la casa ya no
parecía un hogar.
La habitación de Lily estaba exactamente como la había dejado. Sus materiales de arte y sus lápices estaban esparcidos por el escritorio, con su dibujo del girasol a medio colorear. Sus juguetes seguían tirados por el suelo y su lámpara rosa seguía enchufada junto a la cama.
La pulsera que me había hecho estaba a medio terminar en su mesilla de noche. Por la noche, las luces de hadas seguían titilando a lo largo de la ventana. A veces me encontraba pasando por delante de su puerta y me sentía como un fantasma vagando por la vida de otra persona.
La habitación de Lily estaba
exactamente como la había dejado.
Me quedaba mirando su habitación, como esperando a que saliera y dijera: “¡Buu!”. Nunca lo hacía.
Me pasaba los días haciendo un café que no me tomaba, sentada en sillas incómodas, y sólo dormía cuando mi cuerpo se rendía. No sabía cómo vivir en un mundo en el que ella no estaba. Sólo pretendía que funcionaba.
La policía se llevó todas las pertenencias de mi niña del lugar del accidente como pruebas. A pesar de su amabilidad, me sentí como si me hubieran robado.
Solo pretendía que funcionaba.
Recuerdo que estaba sentada en una habitación gris y apagada, con las mejillas llenas de lágrimas, mientras firmaba un formulario en el que figuraba todo lo que llevaba consigo: la mochila, las zapatillas de deporte de purpurina, el cuaderno de girasoles en el que empezó a dibujar la noche anterior, la diadema morada brillante y el jersey amarillo.
Aquel jersey.
Era su favorito. Un amarillo suave y brillante con botones de perlas diminutas. Se lo ponía casi todos los fines de semana. Parecía un rayo de sol andante. Podía reconocerla en cualquier patio de recreo cuando se lo ponía.
Se lo ponía
casi todos los fines de semana.
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