PARTE 1
El viento helado de enero golpeaba sin piedad las calles de Monterrey. Un frente frío había desplomado la temperatura a 4 grados, pero a don Arturo no le importaba. Caminaba hacia la entrada de urgencias de un hospital privado con una sonrisa que le iluminaba el rostro, cargando un enorme arreglo de globos, una cobija térmica color menta y un asiento para automóvil de última generación. Su sobrina, Valeria, acababa de dar a luz a su primer hijo. Para Arturo, ella era mucho más que una sobrina; era la hija que la vida le había dado tras el trágico accidente automovilístico que se llevó a su hermano 12 años atrás.
Sin embargo, la sonrisa de Arturo se congeló antes de cruzar las puertas de cristal. Allí, acurrucada en una banca de metal a la intemperie, estaba Valeria. Llevaba puesta solo una bata de hospital manchada, los pies descalzos apoyados sobre el concreto helado, y los labios teñidos de un tono violáceo por el frío. Sus brazos envolvían desesperadamente un pequeño bulto envuelto en una sábana delgada: el recién nacido.
Arturo soltó los regalos. Corrió hacia ella, quitándose su grueso abrigo de lana para cubrirla. Valeria levantó la mirada. Sus ojos, rodeados de ojeras oscuras, estaban completamente secos, como si el impacto de la realidad le hubiera robado hasta la última lágrima.
—Valeria, por Dios, ¿qué haces aquí afuera? —preguntó Arturo, arrodillándose para envolver los pies de la joven con su propia bufanda—. ¿Dónde está Mateo?
La joven, temblando incontrolablemente, sacó su teléfono celular con una mano rígida por el frío y se lo extendió a su tío. En la pantalla brillaba un mensaje de texto enviado por su esposo, Mateo, apenas 20 minutos antes.
El mensaje decía: “La casa ya no es tuya. Mi mamá ya cambió las 4 cerraduras de las puertas. Tus cosas están en bolsas de basura en la banqueta. No intentes hacer un drama, porque si te atreves a pelear por la pensión del niño, tengo pruebas para demostrar que eres una desquiciada y no tienes 1 solo peso para mantenerlo.”
Arturo sintió que la sangre le hervía en las venas. Aquella casa en una exclusiva zona residencial de San Pedro no era de Mateo. Era el patrimonio íntegro de Valeria, una propiedad que Arturo le había comprado cuando ella cumplió 25 años, escriturada a su nombre para asegurar que nunca le faltara un techo seguro.
Con la voz entrecortada, Valeria le explicó que Mateo le había dicho que pediría un taxi de aplicación porque “tenía 1 junta urgente”. Ella llegó a su casa, adolorida por los 15 puntos de la cesárea, solo para encontrar a su suegra, doña Leticia, bloqueando la entrada principal junto a 2 hombres corpulentos. Doña Leticia se rió en su cara y le gritó a media calle que esa casa ahora le pertenecía a ella, que Valeria misma había firmado los papeles cediendo la propiedad.
Arturo no gritó. No hizo un escándalo en la acera. Miró a su sobrina, que abrazaba a su hijo como si el mundo entero se estuviera derrumbando, y sacó su teléfono para marcar 1 número.
—Licenciado Garza, necesito que mueva a todo su equipo de abogados hoy mismo. Nos acaban de declarar la guerra.
En ese momento oscuro y helado, el verdadero rostro de la familia de su esposo quedó al descubierto, y Arturo supo que 1 emboscada macabra acababa de ejecutarse. No vas a creer lo que está a punto de pasar…
PARTE 2
El silencio en la camioneta de don Arturo era asfixiante mientras conducían de regreso a su casa. Valeria, arropada y con la calefacción al máximo, no dejaba de mirar el rostro dormido de su hijo de apenas 2 días de nacido. La historia de amor que creyó construir se había convertido en 1 trampa diseñada con una frialdad milimétrica.
Cuando Valeria conoció a Mateo 3 años antes, él parecía el hombre perfecto. Atento, caballeroso, siempre dispuesto a complacerla. Sin embargo, doña Leticia, la madre de Mateo, nunca ocultó su desdén. En las comidas dominicales de carne asada, siempre lanzaba comentarios venenosos, insinuando que Valeria era 1 “niña mimada” que no merecía la suerte de tener 1 propiedad millonaria sin haber trabajado por ella. Mateo, en lugar de defender a su esposa, simplemente agachaba la cabeza o le pedía a Valeria que “no tomara las cosas tan a pecho” porque las hormonas la ponían muy sensible.
Poco a poco, el control de Mateo se había vuelto asfixiante. Le exigía las contraseñas de sus redes sociales, cuestionaba sus gastos y la aislaba de sus amistades. Arturo lo había notado, pero respetó el matrimonio de su sobrina, esperando que las dinámicas mejoraran con la llegada del bebé. Qué equivocado estaba.
Esa misma noche, mientras 1 pediatra revisaba al recién nacido y Valeria descansaba en la recámara principal bajo el cuidado de 1 enfermera, el licenciado Garza y su equipo de investigadores llegaron a la casa de Arturo. Sobre la gran mesa del comedor, desplegaron 1 serie de documentos que hicieron palidecer a todos los presentes.
—Don Arturo, revisamos el registro público de la propiedad —dijo el abogado, ajustándose los lentes—. Efectivamente, hay 1 acta de donación notariada donde Valeria cede la totalidad de los derechos del inmueble a favor de Leticia Villarreal. La firma es auténtica.
Arturo golpeó la mesa de caoba con ambos puños.
—¡Es imposible! Mi sobrina jamás regalaría su patrimonio.
Fue entonces cuando Garza hizo la pregunta que cambiaría el rumbo de todo la investigación: “¿Cuándo y dónde firmó esto?”. Revisaron la fecha exacta. Correspondía a 2 días atrás, exactamente la misma tarde en que Valeria estaba ingresada en el hospital, bajo los efectos de potentes analgésicos tras 1 cesárea de emergencia.
Valeria, que había salido de la habitación al escuchar el alboroto, se apoyó en el marco de la puerta. Su rostro perdió todo color.
—El hermano de Mateo… Ricardo —susurró con la voz quebrada—. Él trabaja en 1 notaría en el centro. Fue a mi habitación del hospital. Me dijo que necesitaba mi firma urgente para registrar al bebé en el seguro de gastos médicos y para autorizar 1 transfusión por si yo perdía más sangre. Yo apenas podía mantener los ojos abiertos por el dolor… Yo firmé las 5 hojas que me puso enfrente sin leer.
El abogado Garza asintió, con 1 sonrisa fría dibujándose en su rostro.
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