Parte 2 :
Diego no era un exnovio, como Valeria nos había hecho creer.
Era un hombre de treinta y dos años al que había conocido en Ciudad de México, uno de esos tipos encantadores que siempre tienen un plan brillante y nunca una factura a su nombre.
Durante meses le había prestado dinero “para salir de un bache”, según confesó entre dientes cuando Javier insistió.
Primero fueron dos mil pesos.
Luego diez mil.
Luego más.
El resto lo completó usando las tarjetas que tenía a mano y mintiendo en casa con una naturalidad que me heló.
—Me dijo que me lo devolvería —repetía—. Me dijo que íbamos a montar algo juntos.
Javier estaba pálido.
—¿Cuánto?
Valeria no respondió.
—¿Cuánto, Valeria? —insistí yo.
Se sentó por fin en el borde del sofá y empezó a llorar de verdad, no por rabia, sino por vergüenza.
—Ciento ochenta y cinco mil pesos.
El silencio que siguió fue espeso.
Insoportable.
Mateo salió al pasillo al oírnos y se quedó quieto, mirando desde lejos. Le hice un gesto para que volviera a su cuarto.
No necesitaba escuchar más.
Javier se pasó una mano por la cara.
—¿Ciento ochenta y cinco mil pesos?
Ella asintió.
Lo siguiente fue feo, pero necesario.
No hubo gritos teatrales ni frases memorables; hubo fechas, transferencias, capturas de mensajes y una certeza amarga:
Valeria no solo había sido cruel.
También había estado viviendo dentro de una mentira que ya no podía sostener.
Había dicho que yo no era bienvenida porque necesitaba colocarse por encima de alguien.
Necesitaba que yo fuera la enemiga.
Para no mirarse a sí misma.
A la mañana siguiente la acompañé a poner una denuncia.
Diego había desaparecido dos semanas antes, borrando cuentas y dejando un rastro suficiente para intentar algo, aunque el abogado nos advirtió que recuperar el dinero sería difícil.
Después fuimos al banco.
Luego a casa de mi cuñado Raúl, que confirmó que seguía en pie el trabajo en el almacén, pero con una condición:
puntualidad absoluta y cero privilegios.
Las primeras semanas fueron tensas.
Valeria casi no hablaba.
Volvía cansada, con olor a cartón y polvo, cenaba en silencio y subía a su cuarto.
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