PARTE 2: El ruido de la copa rota todavía resonaba cuando Santiago apareció detrás de su madre.
Lo vi quedarse inmóvil.
Su cara perdió color.
Miró a los niños como si alguien le hubiera puesto un espejo de su infancia enfrente. Luego me miró a mí. Después volvió a verlos.
Cuatro años.
Las cuentas no necesitaban explicación.
—Mamá, ¿ese señor es el que se va a casar? —preguntó Leo en voz alta.
Varias personas fingieron toser. Otras sacaron el celular.
Yo apreté su manita.
—Venimos a saludar, mi amor.
Caminé directo al frente.
La coordinadora de la boda, pálida, se me atravesó con una sonrisa temblorosa.
—Señora, disculpe, esta zona es únicamente para familia cercana.
Miré a mis hijos.
—No va a encontrar a nadie más cercano al novio que sus propios hijos.
La mujer se hizo a un lado.
Me senté en la primera fila.
Doña Beatriz bajó casi corriendo las escaleras de piedra. Traía la mandíbula apretada y los ojos llenos de rabia.
—¿Qué circo es este, Valeria? Te largas ahora mismo o llamo a seguridad.
—Llámala —respondí sin levantar la voz—. Pero asegúrate de que las cámaras graben cuando saquen a tres niños de cuatro años de la boda de su padre.
Sus labios temblaron.
—Son actores.
—No insulte su propia sangre, doña Beatriz.
Santiago se acercó despacio. Parecía enfermo.
—Valeria… dime que esto no es verdad.
—Son tus hijos.
El murmullo explotó.
—No sabía —dijo él, con la voz quebrada—. Tú te fuiste.
—Me fui porque tu madre me amenazó.
Doña Beatriz soltó una risa nerviosa.
—Mentira. Esta mujer siempre quiso dinero.
—Yo no vine por dinero.
En ese momento, Diego ladeó la cabeza exactamente igual que Santiago cuando estaba confundido. Un señor mayor, sentado dos filas atrás, se puso de pie.
Era el doctor Ernesto Rivas, tío de Santiago. Genetista. El único de esa familia que alguna vez me trató como persona.
Se acercó a los niños y observó sus ojos.
—La mancha dorada en el iris izquierdo —dijo serio—. La tenía mi padre. La tiene Santiago. Y la tienen los tres niños.
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