PARTE 1
“Después de casarte, tu esposa no va a estar segura si no firma lo que le pongamos enfrente.”
Escuché esa frase desde debajo de la cama de un hotel en Paseo de la Reforma, con la alfombra pegada a mi cara y el corazón golpeándome como tambor de banda en fiesta patronal.
Me llamo Alejandro Santillán. Al día siguiente me casaría con Valeria, la mujer que me devolvió la paz después de años de cargar una familia entera sobre los hombros. Esa noche, se me ocurrió hacer una broma tonta: esconderme en mi habitación para escuchar qué decía mi familia cuando creyera que yo no estaba.
Pensé que escucharían cosas bonitas. Que mi hermana Isabel diría que por fin me veía feliz. Que mis hermanos, Diego y Mauricio, se emocionarían por mí.
Pero los primeros en entrar fueron ellos dos.
—Mañana cambia todo —dijo Diego.
—Sí —respondió Mauricio—. Nuestro cajero automático se casa.
Sentí que el aire se me cortaba.
Yo les había dado todo. A Isabel le compré una casa en Coyoacán para que cuidara a mis hijos, Mateo y Santiago, mientras yo trabajaba. A Diego le pagué deudas, carros, viajes. A Mauricio le abrí dos negocios que quebró sin darme explicaciones. Y aun así, yo seguía creyendo que la sangre era lo primero.
—¿Ya están listos los papeles? —preguntó Mauricio.
—Claro —dijo Diego—. Después de la boda, Alejandro firma el fideicomiso familiar. Ni va a leer. Nunca lee cuando se trata de nosotros.
Me quedé inmóvil.
Luego hablaron de Valeria.
—Esa mujer es peligrosa —dijo Diego—. No porque sea mala, sino porque observa. Las mujeres tranquilas se dan cuenta de todo.
—Como Carolina —murmuró Mauricio.
Carolina. Mi exesposa. La mujer con la que había terminado en gritos, sospechas y heridas. Yo siempre creí que nuestro matrimonio se había roto solo.
Diego soltó una risa seca.
—A Carolina la manejamos fácil. Le metimos ideas, le dijimos cosas, le enseñamos papeles a medias. Ella peleaba con Alejandro y nosotros cobrábamos por los dos lados.
Sentí náuseas.
Entonces Mauricio preguntó:
—¿Y los niños?
Diego bajó la voz.
—Si Valeria se pone lista, usamos a los niños. Alejandro siempre escogerá a sus hijos. Además, todavía tenemos el secreto.
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