PARTE 1
Mariana ajustó la cobija de su hijo de 3 años, Mateo, intentando que el niño volviera a dormir. La madrugada en su casa, ubicada al interior del exclusivo fraccionamiento privado al sur de la Ciudad de México, solía ser completamente silenciosa. Su esposo, Alejandro, llevaba 4 meses trabajando en Madrid, o al menos eso creía ella, hasta que el pequeño le susurró al oído algo que le heló la sangre:
—Mami, papi está escondido en el ático.
Mariana se quedó inmóvil. Alejandro había viajado a España por el proyecto vital de Laboratorios Vértice, la gigantesca empresa farmacéutica donde el hombre trabajaba como investigador clínico. Todas las noches, sin falta, hacían videollamada. Él le mostraba la habitación del hotel, su escritorio lleno de reportes médicos y las calles iluminadas de la capital española. Todo parecía absolutamente normal.
Por eso, cuando Mateo pronunció esas palabras a las 3:00 a.m., Mariana pensó que se trataba de la simple pesadilla infantil.
—Ay, mi amor —le acarició el cabello—. Papi está en Madrid, trabajando muy lejos para comprarnos juguetes.
Mateo frunció el ceño con esa seriedad absoluta que solo los niños poseen cuando están convencidos de su verdad.
—No, mami. Papi está arriba. Se esconde cuando tú estás en la casa. Baja cuando te vas al trabajo.
El intenso escalofrío recorrió la espalda de Mariana. La casa tenía el ático bastante pequeño en la planta alta que usaban como bodega. La trampilla estaba en el techo del pasillo y siempre la mantenían cerrada con su grueso candado de metal. Mariana incluso llamó a su suegra, doña Leticia, buscando consuelo, pero la mujer la tachó de histérica.
—Tu esposo se está partiendo la espalda en Europa para darles de tragar, y tú sales con estas estupideces de que está en el techo. Eres malagradecida, Mariana. Deja de inventar cuentos horribles para llamar la atención —le había gritado doña Leticia por teléfono el día anterior. Ese brutal conflicto familiar la había hecho dudar de su propia cordura.
—¿Por qué dices eso, mi cielo? —preguntó ella, tratando de mantener la calma.
Mateo bajó la mirada hacia sus pequeñas manos.
—Porque papi llora mucho. Dice que 10 hombres malos lo están buscando.
Esa noche, Mariana no pegó el ojo. A las 4:00 a.m., salió al pasillo, buscó la llave plateada, se subió a la silla de madera y abrió el candado. El objeto estaba cubierto de polvo, como si nadie lo hubiera tocado en 100 años. Empujó la trampilla hacia arriba y alumbró con la linterna del celular. Solo vio cajas viejas, adornos de Navidad y muebles arrumbados. Ni rastro de pisadas. Ni el más mínimo ruido. Se sintió sumamente ridícula.
Al amanecer, Alejandro le hizo la videollamada de siempre. Se veía impecable, con su sudadera gris favorita y sosteniendo la taza de café caliente.
—¿Todo bien, Mariana? Te ves demasiado cansada —le dijo él con la sonrisa cálida que le arrugaba los ojos.
—Mateo te extraña muchísimo —respondió ella, escudriñando la pantalla del dispositivo. La luz, el horario español, el fondo de la habitación, todo coincidía a la perfección.
Pero la paz mental le duró apenas 5 días.
Cierta tarde, Mariana llegó exhausta de la oficina. Doña Carmen, la señora que les ayudaba con la limpieza y cuidaba al niño, ya lo había bañado. Mientras Mariana lo arropaba, Mateo soltó otra bomba:
—Mami, hoy papi me dio galletas de animalitos. Me dijo que mañana me va a armar el castillo enorme con mis bloques.
El corazón de Mariana se detuvo por 2 segundos. Corrió rápidamente a la cocina. El empaque de galletas que había escondido en lo más alto de la alacena estaba abierto. Faltaba exactamente el 50%. Confrontó a doña Carmen, quien le juró por la Virgen de Guadalupe que ella jamás le había dado ningún dulce al niño.
A la mañana siguiente, Mariana dejó a Mateo en el kínder, pero no fue a su oficina. Regresó a casa, tomó el celular viejo, lo puso a grabar video y lo escondió estratégicamente entre los libros de la sala, apuntando directo hacia las escaleras principales. Salió de nuevo y se quedó en su automóvil, estacionada a 3 cuadras de distancia, con el estómago hecho nudos por la ansiedad.
Regresó a las 3:00 p.m. y revisó cuidadosamente la grabación. Todo estaba vacío hasta que, a las 9:43 a.m., apareció la figura oscura. El hombre sumamente demacrado, con ropa sucia, bajaba los escalones con extremo cuidado. La imagen del lente era borrosa, pero Mariana reconocería esa forma exacta de caminar en cualquier parte del mundo. Era su esposo.
El celular principal en su mano derecha comenzó a vibrar escandalosamente. Era la videollamada entrante de “Alejandro” desde Madrid.
Mariana miró la pantalla encendida, luego miró las escaleras oscuras, sintiendo el pulso a 1000 por hora. Era completamente imposible creer la brutal pesadilla que estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
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