PARTE 1
Alejandro despertó con el olor a madera barnizada y nardos asfixiando sus pulmones. No abrió los ojos de inmediato. No porque no quisiera, sino porque una fuerza invisible y aterradora mantenía sus párpados sellados como si estuvieran fundidos en plomo. Intentó mover los dedos de las manos, luego los pies. Nada. Ni siquiera su lengua le respondía. Su cuerpo era una estatua de carne fría, pero su mente estaba despierta, gritando en un eco sordo.
De pronto, escuchó los rezos. El inconfundible murmullo de un rosario siendo recitado a gran velocidad.
—Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores…
Escuchó el sonido de pasos arrastrándose sobre un piso de mármol. Alguien lloraba suavemente. Un hombre tosió cerca de él y susurró:
—Apenas tenía 45 años. Un infarto fulminante. Qué desgracia para la familia.
El terror lo atravesó como una cuchilla de hielo. No estaba en una cama. No estaba en una habitación de hospital. La oscuridad a su alrededor era absoluta, pegajosa, y el espacio era tan reducido que sus hombros rozaban las paredes. Estaba en una caja. Su propia caja.
Alejandro, el patriarca de una de las familias tequileras más importantes de Jalisco, estaba siendo velado vivo en una lujosa funeraria de la Ciudad de México.
Recordó la noche anterior en su mansión de Lomas de Chapultepec. Llevaba 3 semanas sintiéndose sin energía, con un hormigueo extraño en las extremidades y opresión en el pecho. Su esposa, Sofía, una mujer 15 años menor que él, de sonrisa perfecta y mirada calculadora, le había llevado su taza de café de olla a la cama.
—Tómalo, mi amor. Tiene la mezcla de hierbas naturales que nos mandó el doctor Mauricio. Te ayudará a dormir —le había dicho ella, acariciando su frente con una ternura que ahora le resultaba repulsiva.
Mauricio no solo era su cardiólogo personal, era su mejor amigo desde la universidad. Alejandro confió. Bebió el líquido amargo. Después vino el mareo, y luego, la oscuridad total.
Ahora, atrapado en su prisión de caoba, sintió el roce de unas manos sobre la tela de su traje. El perfume dulzón y caro de Sofía inundó el reducido espacio.
—Ya casi, mi amor —susurró ella, su voz carente de cualquier rastro de tristeza o dolor—. Por fin nos deshicimos de ti.
Otra voz, masculina y grave, se unió. Mauricio.
—El paralizante sintético fue un éxito absoluto. Nadie cuestiona a un cardiólogo reconocido cuando firma un acta de defunción por paro cardíaco en un paciente estresado. Ni siquiera pidieron autopsia.
—¿A qué hora lo meten al horno? —preguntó Sofía con una frialdad que heló la sangre estancada de Alejandro.
—A las 6 de la tarde. En cuanto se convierta en cenizas, los campos de agave, las cuentas en Suiza y la casa en Valle de Bravo serán nuestros.
Cremación. Iban a quemarlo vivo. Alejandro quiso aullar, desgarrarse la garganta pidiendo auxilio, pero ni un solo músculo obedeció. El velorio continuó a su alrededor, una obra de teatro macabra donde su asesina recibía abrazos y condolencias, secándose lágrimas invisibles.
La tapa del ataúd comenzó a descender. La oscuridad se tragó a Alejandro mientras los 3 seguros metálicos hacían clic, sellando su destino. El aire empezó a volverse escaso y pesado. Su cuerpo inerte iba rumbo a las llamas.
Pero lo que los amantes asesinos no sabían, era que un pequeño descuido en la basura de la cocina estaba a punto de desatar un verdadero infierno familiar. No vas a creer lo que está a punto de pasar…
PARTE 2
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