PARTE 1
Carmen tenía 68 años y vivía en una extensa hacienda agavera en los Altos de Jalisco. Hacía 5 años que su vida se había detenido en seco cuando le entregaron un ataúd sellado. Su esposo, don Arturo, el hombre fuerte y de carácter indomable con el que había compartido 40 años, supuestamente había perdido la vida cuando su camioneta se desbarató y se incendió en el fondo de un barranco camino a Tequila. Durante esos 5 largos años, Carmen vistió de negro, visitó el panteón municipal cada domingo y sacó fuerzas de donde no tenía para ayudar a su único hijo, Mateo, a mantener a flote los campos de agave. Ella creía haber sobrevivido a lo peor que una mujer podía soportar. Pero el destino le tenía preparada una traición mucho más oscura.
Todos los martes a las 9 de la mañana, Valeria, su nuera, llegaba a la casa grande para desayunar con ella. Valeria siempre lucía impecable, con el cabello perfectamente arreglado, una blusa bordada y esa sonrisa dulce que parecía calmar cualquier pena. Solía llevar pan dulce recién horneado y le preparaba a Carmen su café de olla favorito. Carmen siempre creyó que su nuera lo hacía por genuino cariño, para no dejar sola a la viuda en esa casa inmensa. Valeria estaba casada con Mateo desde hacía 7 años, y para Carmen, ella era como la hija que nunca tuvo.
Esa mañana de martes, Valeria se despidió con un beso en la mejilla, diciendo que tenía que ir al mercado del pueblo a comprar especias y que volvería más tarde. Salió a prisa, dejando su olor a perfume caro en el aire.
Fueron solo 15 minutos después cuando un zumbido interrumpió el silencio del comedor.
El teléfono celular de Valeria se había quedado olvidado sobre el mantel de punto de cruz. Carmen no era una mujer de meterse en cosas ajenas, jamás en sus 68 años había revisado un bolso o una carta de otra persona. Pero el aparato no dejaba de vibrar, insistiendo una y otra vez. Al acercarse para apagar el sonido, la pantalla se iluminó.
Lo que Carmen vio le cortó la respiración.
En la pantalla brillaba una fotografía reciente. Y en esa foto estaba Arturo. Su esposo. El hombre que llevaba 5 años muerto. No era una imagen vieja ni un recuerdo borroso; él llevaba una guayabera de lino azul marino que ella nunca le había comprado, y el fondo mostraba una terraza de madera rodeada de pinos que no reconoció.
Debajo de ese rostro inconfundible, apareció un mensaje de texto que brilló como una navaja en la pantalla: “Jueves, a la misma hora, no puedo esperar a verte otra vez”.
Las manos de Carmen comenzaron a temblar con una violencia incontrolable. Un sudor frío le recorrió la nuca. Sabiendo que estaba cruzando una línea sin retorno, deslizó el dedo por la pantalla. Conocía la contraseña de Valeria; la joven usaba el 24, el día del cumpleaños de Mateo, y la había tecleado frente a ella cientos de veces. El teléfono se desbloqueó al instante.
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