La cinta médica terminó de despegarse mientras la doctora Paloma alzaba la llave de la cripta.
La tinta negra apareció primero como una mancha torcida bajo la luz amarilla de la vela. Después se formaron dos letras. Luego un apellido.
«Caridad Salgado».

Mi nombre.
El bebé lloró con la boca abierta, la cara roja, los puños cerrados bajo la manta. La hermana Esperanza no entendía.
us ojos iban del tobillo del niño a mi rostro, de mi rostro a la doctora Paloma, como si todavía buscara una explicación piadosa en medio de aquella oficina con olor a medicamento dulce y madera vieja.
—Madre… —susurró Esperanza—. ¿Por qué el bebé tiene su nombre?
Paloma no respondió. Sonrió apenas, como quien escucha una pregunta infantil.
Yo retrocedí un paso con los sobres contra el pecho. La cera roja se quebró bajo mis dedos.
La llave de la cripta brillaba en la mano de la doctora, y detrás de ella, en el pasillo, la hermana Consuelo seguía inmóvil con la cuchara en el suelo.
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