PARTE 1
—Mamá… Diego murió anoche.
A Elena Ramírez se le cayó el teléfono de la mano como si le hubieran arrancado el alma.
Eran las cinco y media de la mañana en San Miguel de Allende, y la casa todavía olía a café molido, a tierra húmeda del jardín y a los panes dulces que Elena había comprado el día anterior pensando en su nieto. Diego, de ocho años, iba todos los meses a pasar un sábado entero con ella. Le decía “abuelita Lena”, le ayudaba a regar las macetas de jitomate y se sentaba en el sillón viejo para escuchar los cuentos que ella le leía desde que se jubiló como bibliotecaria.
—Luis, ¿qué estás diciendo? —preguntó Elena, sintiendo que las piernas le fallaban.
Del otro lado, su hijo lloraba. No era el llanto de un adulto. Era un sollozo roto, desesperado.
—Un carro lo atropelló anoche… venía de casa de un amiguito. El conductor iba borracho. En el hospital ya no pudieron hacer nada.
Detrás de la voz de Luis se escuchaban los gritos de Marcela, su esposa. Elena no pudo respirar. Apenas una semana antes, Diego había estado con ella recogiendo hojas secas en el parque Benito Juárez. Había apretado una hoja roja entre sus dedos y le había dicho:
—Cuando sea grande, abuelita, te voy a llevar a conocer todo México.
Y ahora le decían que ese niño, su niño, estaba muerto.
Los días siguientes fueron una pesadilla. Elena tuvo que tragarse su propio dolor para organizar lo que Luis y Marcela decían no poder enfrentar. Fue a la funeraria, firmó papeles, eligió un ataúd blanco demasiado pequeño y escuchó al encargado, don Rogelio, repetir con una cara ensayada:
—Lo sentimos mucho, señora. A esa edad, duele más.
Cuando Elena pidió ver a Diego por última vez, Luis la detuvo.
—No, mamá. El golpe fue muy fuerte. No te quedes con esa imagen.
Ella obedeció, aunque algo dentro de su pecho se quedó inquieto.
El velorio fue en una capilla llena de vecinos, maestras y compañeros de la escuela. Todos lloraban al niño bueno que siempre sacaba dieces, el que prestaba sus libros y decía “gracias” hasta por un vaso de agua. Marcela no soltaba un pañuelo negro. Luis parecía envejecido de golpe.
Elena dejó una rosa blanca sobre el ataúd.
—Te voy a amar siempre, mi niño —susurró.
Lo enterraron bajo una lluvia fría. Cuando la tierra empezó a caer sobre la caja, Elena sintió que también la estaban enterrando a ella.
Esa noche regresó sola a su casa. Se quitó los zapatos en la entrada, pero no tuvo fuerzas para avanzar. Todo estaba igual: el vaso favorito de Diego, los libros de aventuras sobre la mesa, el jugo de manzana en el refrigerador.
A las siete, cuando ya oscurecía, escuchó un golpe suave en la puerta.
Toc. Toc.
Elena pensó que era el viento. Pero luego oyó una vocecita temblorosa.
—Abuelita Lena… ábreme.
Cuando abrió la puerta, el mundo se detuvo.
Diego estaba ahí, cubierto de lodo, con la ropa rota, un zapato perdido y las manos llenas de tierra.
—Ayúdame, abuelita —dijo llorando—. Mis papás intentaron matarme.
PARTE 2
Elena no gritó porque el miedo le cerró la garganta.
Se arrodilló frente a Diego y le tocó la cara. Estaba helado, sucio, temblando… pero vivo. Su pecho subía y bajaba. Sus ojos, esos mismos ojos que brillaban cuando leía cuentos, estaban llenos de terror.
—Mi amor… ¿qué te hicieron?
Diego se abrazó a ella con desesperación.
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