La tormenta sobre Manhattan había pasado la noche golpeando los cristales de la Torre Crown Meridian como si quisiera entrar.
A las seis y diecisiete de la mañana, la ciudad seguía gris, mojada, suspendida en ese silencio raro que aparece después de una noche demasiado intensa.
Sebastián Ward regresó al dormitorio con dos tazas de café y una certeza cómoda en la cabeza: todo había sido claro.
Eso era lo que él hacía siempre.
Dejaba claras las reglas.
No prometía amor.
No fingía futuro.
No ofrecía salvación.
Solo que aquella mañana, al llegar a la puerta de su habitación, entendió que las reglas no siempre protegen a nadie.
Valeria Bennett estaba sentada en el centro de su cama, rodeada de sábanas blancas, con las rodillas pegadas al pecho y los dedos aferrados a la tela como si fuera lo único que impedía que el mundo se le cayera encima.
Su cabello oscuro le cubría parte del rostro.
No sollozaba.
No gritaba.
Las lágrimas simplemente caían, silenciosas, constantes, terribles.
Sebastián se detuvo con la bandeja en las manos.
Durante un segundo pensó que se había arrepentido.
Que la luz del amanecer había vuelto cruel lo que la oscuridad volvió posible.
Que aquella mujer que había entrado en su apartamento con una mezcla de miedo y deseo ahora estaba comprendiendo con quién se había acostado y qué significaba hacerlo sin promesas.
Entonces vio la mancha roja sobre la sábana.
La taza tintineó contra el plato.
“Valeria”, dijo, dejando la bandeja sobre una consola con demasiada prisa.
“¿Estás herida?”
Ella levantó la mirada.
Había vergüenza en sus ojos, pero también algo más profundo, una especie de dolor que no era solo físico.
“No sé cómo responder eso.”
Sebastián se acercó, pero no demasiado.
Él, que podía entrar a una sala de juntas llena de enemigos y encontrar en segundos el punto débil de cada uno, no sabía dónde poner las manos.
No sabía si tocarla sería consuelo o invasión.
“Háblame”, pidió.
Valeria apretó más fuerte la sábana.
“No me mires como si acabara de romperme.”
La frase lo atravesó con una precisión incómoda.
“¿Fue tu primera vez?”
Ella cerró los ojos.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero a Sebastián le pareció que dentro de él cabía toda la noche anterior.
La recordó entrando al ascensor privado con un vestido negro sencillo, el cabello recogido de prisa y la mirada fija en los números que subían.
Había hablado demasiado, de la lluvia, del piano en el vestíbulo, de lo absurdo que le parecía que un edificio tuviera flores frescas a medianoche.
Él pensó que estaba nerviosa por él.
No imaginó que estaba nerviosa por sí misma.
Recordó la forma en que se detuvo en la entrada del apartamento, mirando la ciudad bajo la tormenta.
Recordó que no tocó nada, como si temiera dejar huella.
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