Parte 2 :
Doña Elena entrelazaba los dedos con nerviosismo en su regazo, como si le avergonzara estar sentada en el coche de la mujer a la que años atrás había juzgado sin piedad. María encendió el motor y el auto avanzó por una calle iluminada por faroles amarillos. En el retrovisor, María notó cómo Doña Elena se mordía el labio, intentando encontrar valor para hablar.
—María… yo sé que no fui buena suegra —dijo al fin, en voz baja—. Tal vez fui hasta cruel.
María no respondió de inmediato. Mantuvo la vista en la calle.
Doña Elena respiró hondo.
—Yo creía que lo hacía bien. Que protegía a mi hijo. Pero la verdad… ni a él lo conocía, ni a ti.
El silencio dentro del coche se volvió pesado. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente el parabrisas.
—No sirve de nada mirar atrás —dijo María, seca pero calmada—. Cada quien hace lo que puede con lo que tiene.
Doña Elena bajó la mirada.
—Pero a veces una hace daño… y cuando lo entiende, ya es tarde.
Por un segundo, María la miró. No con dureza. Con distancia.
Doña Elena ya no era la misma mujer de antes.
Era más pequeña ahora.
Más humana.
—¿Y esa muchacha? —preguntó María.
Doña Elena soltó una risa sin alegría.
—Mal. Javier no trabaja. Dice que está buscando, pero no hace nada. Y ella… vive en mi casa y no mueve un dedo.
María frunció apenas el ceño.
—Y aun así los dejó quedarse.
—Pensé que era lo correcto —susurró Doña Elena—. Pensé que Javier iba a cambiar… que algún día sería un hombre de verdad. Pero tal vez… nunca lo fue.
María giró un poco la cabeza.
—Javier es Javier. Yo solo dejé de esperar que cambiara.
Doña Elena negó despacio.
—No, María. El error fue mío. Te exigí demasiado. Te juzgué. Te hice sentir que tú eras el problema… cuando no lo eras.
El coche siguió avanzando bajo la lluvia.
Doña Elena se limpió los ojos rápidamente, intentando ocultarlo.
María lo vio, pero no dijo nada.
El silencio, esta vez, era suficiente.
—María… ¿de verdad lo quisiste? —preguntó Doña Elena de repente.
—Sí —respondió sin dudar—. Lo quise demasiado. Por eso me fui. Porque ya no era amor. Era aguantar.
—¿Y ahora?
María soltó una leve sonrisa.
—Ahora me elijo a mí.
Doña Elena bajó la mirada.
—Ojalá yo pudiera hacer eso. Sin miedo.
—Puede —dijo María, firme—. Pero tiene que quererlo.
Cuando llegaron a la calle de las Jacarandas, el edificio seguía igual. Demasiado igual.
Doña Elena lo miró en silencio.
—Gracias por traerme… y por escucharme.
María asintió apenas.
—Cuídese, Doña Elena.
Pero ella no bajó enseguida.
—María… si algún día… me gustaría hablar otra vez contigo. No como suegra. Como persona.
María la miró un segundo.
—Tal vez.
Doña Elena bajó despacio.
Antes de cerrar la puerta, dijo:
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