PARTE 1
“Si te casas con ese hombre, no vas a vivir mucho.”
Eso fue lo primero que escuché el día de mi boda, justo afuera del Registro Civil de Coyoacán, mientras sostenía mi ramo de peonías blancas y trataba de convencerme de que el hueco en el estómago era puro nervio.
Me llamo Sofía, tenía treinta y tres años y, según mi familia, estaba a punto de dar “el gran paso” con el hombre perfecto. Rodrigo era exitoso, seguro de sí mismo, educado, de esos que saben exactamente qué decir para caer bien. Trabajaba en bienes raíces, manejaba una camioneta impecable y, desde que nos conocimos en una cena con amigos, todo el mundo me repetía lo mismo: “No lo sueltes, hombres así ya no hay.”
Mi mamá, Marta, lloró cuando le dije que nos casaríamos. Mi amiga Claudia se burló diciendo que por fin dejaría de ser “la solterona elegante” del grupo. Hasta mi compañera Mariana me abrazó en la oficina como si me hubiera sacado la lotería. Y yo… yo sonreía. Porque sí estaba contenta, pero no en paz. Había algo en mí que no terminaba de asentarse, como cuando una puerta queda mal cerrada y el viento la mueve aunque tú jures que ya la aseguraste.
Aquella mañana me desperté antes del amanecer, me puse un vestido sencillo color marfil y traté de ignorar ese presentimiento tonto. En el trayecto al Registro, Rodrigo iba demasiado callado. Su celular se encendió varias veces. Él lo volteaba a ver y lo guardaba sin contestar.
Cuando llegamos, dijo que debía atender una llamada de trabajo y se alejó hacia un árbol. Yo me quedé en la entrada, acomodándome el vestido, cuando una mujer mayor, con un abrigo oscuro gastado y el cabello gris recogido, se me acercó para pedirme agua. Tenía cara de haber dormido en la calle, pero los ojos más despiertos que he visto en mi vida.
Le di una botellita que traía en la bolsa. Ella tomó un par de tragos, me agarró la muñeca y me abrió la palma como si fuera a leerla.
—Si te casas con ese hombre, tu vida se va a acortar —me dijo en voz baja.
Sentí un escalofrío.
—¿Perdón?
—Escúchame bien. Si hoy te da un papel para firmar, no lo firmes. Dile que después. Aunque se enoje. Aunque te presione. No lo firmes.
Quise soltarme y decirle que estaba loca, pero en ese momento Rodrigo regresó. Ni siquiera volteó a verla. Me tomó del codo con más fuerza de la necesaria y me llevó hacia adentro.
Nos casamos.
Firmé el acta. Sonreí en las fotos. Recibí abrazos, brindis, felicitaciones. Mi mamá lloró. Mi suegra, Teresa, me miró con esa frialdad elegante que nunca supe descifrar. Todo parecía normal… hasta que, ya en el coche rumbo a la cena, Rodrigo sacó una carpeta beige de la guantera.
—Nada más nos falta pasar con el notario —dijo como si hablara del tráfico—. Es un convenio patrimonial, pura formalidad. Lo firmas hoy y nos olvidamos del tema.
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