l jueves pasado empezó como todas las noches horribles y tranquilas que he tenido desde que mi familia se desmoronó. A medianoche, estaba fregando una encimera limpia para no pensar demasiado… hasta que tres suaves golpes en la puerta de mi casa volvieron todo mi mundo del revés.
Era jueves por la noche. Tarde. El tipo de tarde en que no pasa nada bueno. Estaba limpiando el mismo lugar de la encimera por tercera vez, sólo para llenar el silencio, cuando lo oí.
Porque aquella voz pertenecía a una persona, y era imposible que la estuviera oyendo ahora.
Tres golpes suaves.
Una pausa.
Luego, una voz diminuta y temblorosa que no había oído en dos años.
“Mamá… soy yo”.
El paño de cocina se me resbaló de la mano.
Por un segundo, las palabras no tuvieron sentido. Intenté darles sentido, pero era imposible. Entonces, todo mi cuerpo se enfrió.
“¿Mamá? ¿Puedes abrir?”
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